Archivo mensual: febrero 2010

Vamos a conversar…

 La lectura hace al hombre completo;
la conversación, ágil;
el escribir, preciso.
Francis Bacon.

Leyendo un ensayo de José Lezama Lima, he caído de lleno en un tema escabroso, pero muy interesante: la conversación.

Y la traigo a Mi Librería porque precisamente aquí, en el quehacer diario, el público que busca un libro idóneo para su tiempo libre, se enfrasca siempre en un diálogo, a veces inteligente y enjundioso, a veces torpe y receptivo, y a veces -y estas son las malas noticias- me acribillan con conversaciones tan ajenas como enfermedades de parientes desconocidos, idilios desenfrenados entre Mengano y Fulana,  o conflictos ideológicos interpersonales que nada me importan y que me hacen poner el marcador al libro de turno con cara de pocos amigos. Muchos confunden el arte de conversar con la capacidad de hablar.

Y no es que no me guste conversar, todo lo contrario, que lo diga Balovega, que el mismo día que llegó a La Habana estuvimos en un intercambio verbal hasta el amanecer, sin agotamientos, sin momentos de calma, sino disfrutando ambas como quien saca todo el zumo de una naranja deliciosa, porque sabíamos que el tiempo no nos daría una segunda oportunidad.

Cuenta Lezama Lima, que Oscar Wilde  era un buen conversador, “relataba y su memoria guardaba cada una de sus sentencias para escoger, para rechazar”. Si existe alguna relación entre la oralidad y lo que luego se cuece en el papel, entonces debió haber sido un genial compañero de cafés. También elogia a Goethe, con su “majestuosa y misteriosa bondad para colocar su omnisciencia, su morfología de lo orgánico, a la altura y al alcance de la mano”. Lezama mismo era un hombre que aglutinaba amigos por su palabra culta y envolvente, dicen los que lo conocieron, que no dejaron de visitarlo para disfrutar de su labia hasta el último día que pisó la tierra. 

Una buena conversación es  asunto serio, que debiera apuntalarse hoy para que no decaiga su gracia, ni su espacio. He leído montones de libros en que poetas, pintores, intelectuales en fin, coinciden en un café para disfrutar de una  sabrosa conversación, que salpìcaba sabiduría a los que se acercaban y veo con tristeza que languidece la tradición con el apresuramiento de estos días y la avalancha virtual que nos ocupa sin consideración alguna.

La habilidad de una buena conversación es como un traje, con él nos presentamos tal como somos:  elegantes, elocuentes, más o menos cultos, receptivos, pacientes, o quizás tontos y mentecatos. Debiera ejercitarse más , darle nuevas oportunidades sería provechoso.

Un hombre con imaginación es siempre un buen conversador y domina, casi inconscientemente,  las técnicas implícitas de la charla: saber escuchar, poder de síntesis, evitar críticas de ausentes, tocar el tema que verdaderamente interesa a tu interlocutor. Luego la creatividad hará la diferencia y en eso hay que reconocer que los buenos lectores llevan ventaja.

Aprovecharé para presentarles al CUENTERO MAYOR: Onelio Jorge Cardoso, y ya verán por qué en  Cuba se le llama así a este hombre singular. Tuve el privilegio de conocerlo cuando era estudiante. Aquel día visitó mi escuela y lo escuché hablar. En un receso se acercó a mi grupo y me pasó el brazo por los hombros y caminamos por un largo pasillo. Él hablaba como escribía: jugando con deliciosas imágenes que convertía en palabras ingeniosas, para luego amasarlas en una conversación tal, que dejaba al oyente atontado, boquiabierto e inevitablemente mudo.

¿No me creen? Lean cómo comienza su cuento emblemático, ese que le dio nombre entre nosotros, El Cuentero, y luego díganme si no van a ir corriendo a ver cómo sigue la historia.

 

Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.

Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.

Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel, Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego en cuanto Juan empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo. No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba golpes en las piernas espantándose los bichos, pero seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan, mientras él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con voz distinta de la suya cuando hablaban los otros personajes del cuento. Allí, con vales para la tienda, y el cuerpo doblado con el sol a cuestas durante todo el día, uno llevaba metido dentro el oído para las cosas que pudieron haber sido y no fueron.

Pero, eso sí, a Juan nunca se le pudo contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada de imposición en redondo y uno se quedaba viendo cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía [...]

Si te gustó, no dejes de leer otros como El Caballo de coral ,  Francisca y la muerte , La rueda de la fortuna.

Otro día hablaremos del silencio, pero ahora los dejo, que un buen conversador debe saber callar a tiempo.

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Feria Internacional del Libro de La Habana

Habana, mi Habana,
si supieras el dolor
que siento cuando te canto
y no entiendes que es amor…

Canción de Carlos Varela.
(La interpreta también Ana Belén)

  

No quería hacer esta entrada. Lo juro. Fui al encantador recinto ferial en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, de la cual ya les había hablado el pasado año, con la esperanza de encontrar las novedades de las que tanto he leído en los blogs amigos. Llevaba en la mente las listas de Fenixcidio, que escribe desde Perú,  las propuestas de Bibliobulímica, desde México,  las reseñas de Blog de Libros, en la sureña Argentina, los títulos fabulosos de Lahistoriaenmislibros, en  España… para qué seguir. Sin embargo, estoy convencida que hay más novedades en el librero de Isi, y de sus padres, que lo que allí encontré.

Nada. Nada de nada. Las editoriales extranjeras no vinieron, no me pregunten por qué. Aquí nadie sabe lo que es Alfaguara, ni Seix Barral, ni Anagrama, ni Planeta… las pocas librerías que venden libros en ediciones extranjeras, como Grijalbo Mondadori  y Océano, no hicieron ninguna compra especial para esta feria, sencillamente se dedicaron a limpiar sus almacenes y volvimos a encontrarnos con los mismos libros que quedaron de la feria anterior, otra vez El Zorro, de Isabel Allende llenando estantes, aburridísimo esperando algún despistado que no lo haya comprado antes… y que tenga dólares, porque las ediciones extranjeras no se venden en moneda nacional.

No crean que hago esta reseña por criticar y ya. Lo hago con pleno conocimiento de causa, porque me da tristeza que una feria que comenzó tan espléndida,  que ya cumplió diecinueve años, se quede en la armazón de un intento ilusorio y nos deje a los más fieles con la certeza de un engaño. Lo siento, Patria mía, no ha sido nunca mi fin quitarte el maquillaje públicamente, pero esta vez hablamos de libros y no puedo mentir.

La gente acudió una vez más, y sí encontraron libros cubanos de mucha calidad. Pero esos están en librerías el año entero, y estamos agradecidos por eso, que conste. Queríamos más.

Por suerte, tengo amigos en este mundo virtual que me alimentan el espíritu con sus reseñas y me mantienen informada,  yo seguiré esta dieta otro año, en espera de que la edición vigésima de esta feria, no sea, una vez más, un señuelo para neófitos.

En esas dos bolsitas va mi compra en la feria. La mitad, es para hacer regalos. La otra mitad... ¿creen que cubrirá mis necesidades lectoras hasta el próximo año?

A mi lado, las dos bolsitas de libros que adquirí en la feria, todos cubanos. La mitad es para regalar, la otra mitad... ¿creen que alcanzará para satisfacer mis necesidades lectoras hasta el próximo febrero?...

 Más fotos de la Feria ¿Internacional? del Libro de La Habana.

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Cinco poemas de amor: Nicolás Guillén

Esto es solo un acercamiento a la poesía cubana por el día de los enamorados. Es tan abarcador este mundo que solo me atreví a mostrar la lírica de nuestro Poeta Nacional  Nicolás Guillén, para que cada uno elija, para que cada uno sueñe a su manera, para que nadie carezca hoy (¡ni nunca!)  de una frase y no exista un pretexto para dejar de susurrarle a la persona amada unas hermosas palabras de amor.

A VECES

A veces tengo ganas de ser cursi
para decir: La amo a usted con locura.
A veces tengo ganas de ser tonto
para gritar: ¡La quiero tanto!

A veces tengo ganas de ser niño
para llorar acurrucado en su seno.

A veces tengo ganas de estar muerto
para sentir,
bajo la tierra húmeda de mis jugos,
que me crece una flor
rompiéndome el pecho,
una flor, y decir:
Esta flor, para usted.

CANCIÓN.

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera!
(yo, muriendo.)

Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera la primavera?
(No soy tanto.)

En cambio, ¡qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera!
(Yo, muriendo.)

MARIPOSA.

Quisiera hacer un verso que tuviera
ritmo de Primavera;
que fuera como una fina mariposa rara,
como una mariposa que volara
sobre tu vida, y cándida y ligera
revolara sobre tu cuerpo cálido
de cálida palmera
y al fin su vuelo absurdo reposara
–tal como en una roca azul de la pradera–
sobre la linda rosa de tu cara…

Quisiera hacer un verso que tuviera
toda la fragancia de la Primavera
y que cual una mariposa rara revolara
sobre tu vida, sobre tu cuerpo, sobre tu cara.

CERCA.

Cerca de ti, ¿por qué tan lejos verte?
¿Por qué noche decir, si es mediodía?
Si arde mi piel, ¿por qué la tuya es fría?
si digo vida yo, ¿por qué tú muerte?

Ay, ¿por qué este tenerte sin tenerte?
Este llanto ¿por qué, no la alegría?
¿Por qué de mi camino te desvía
quién me vence tal vez sin ser más fuerte?

Silencio. Nadie a mi dolor responde.
Tus labios callan y tu voz se esconde.
¿A quien decir lo que mi pecho siente?

A ti, François Villón, poeta triste,
lejana sombra que también supiste
lo que es morir de sed junto a la fuente.

CÓMO NO SER ROMÁNTICO Y SIGLO XIX

Cómo no ser romántico y siglo XIX,
no me da pena,
cómo no ser Musset
viéndola esta tarde
tendida casi exangüe,
hablando desde lejos,
lejos de allá del fondo de ella misma,
de cosas leves, suaves, tristes.

Los shorts bien shorts
permiten ver sus detenidos muslos
casi poderosos,
pero su enferma blusa pulmonar
convaleciente
tanto como su cuello-fino-Modigliani,
tanto como su piel-margarita-trigo-claro,
Margarita de nuevo ( así preciso ),
en la chaise-longue ocasional tendida
ocasional junto al teléfono,
me devuelven un busto transparente
( Nada, no más un poco de cansancio ).

Es sábado en la calle, pero en vano.
Ay, cómo amarla de manera
que no se me quebrara
de tan espuma tan soneto y madrigal,
me voy no quiero verla,
de tan Musset y siglo XIX
cómo no ser romántico.

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Recorrido teatral en Mi Librería

¿Se lee teatro?
Hice un repaso por los libros más vendidos en Mi Librería de este género literario y lo más solicitado recayó, como esperaba, en las obras que forman parte del sistema de enseñanza y en segundo lugar, en obras clásicas cubanas que con frecuencia están en el repertorio de los grupos aficionados.

De las primeras, la más demandada fue Romeo y Julieta, la tragedia de Shakespeare, ya una vez les conté una anécdota humorística con esta obra.  Muchos se asombran de su brevedad, entonces yo aprovecho y descargo toda una conferencia para terminar recomendando  esa alocada fantasía de amor que es Sueño de una noche de verano, de la que recuerdo siempre su grata versión cinematográfica, protagonizada por Michelle Pfeifer y Kevin Kline. Muchos la criticaron, pero yo, que no sé nada de cine, la disfruté bastante.


De España: La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, donde aparece mi querida tocaya  Adela, que me pone a conversar sobre su rebeldía,  su afán de ir contra las reglas, ella me gusta, aún con su trágico final. Lorca tiene una historia en Cuba que algún día contaré. Le siguen Fuenteovejuna, de Lope de Vega y La Vida es sueño, de Calderón de la Barca. Por cierto, un día me sorprendí releyendo esta última con un lápiz en la mano y terminé destacando citas muy interesantes y enamorándome del texto. ¿No la has leído aún? Inténtalo, te llevará poco tiempo.

Otra muy pedida fue Casa de muñecas, de Henry Ibsen, que se editó aquí en una antología llamada Teatro realista escandinavo y que incluía obras  tan buenas como La Señorita Julia, del sueco August Strindberg. Estos teatros que tratan el tema de los conflictos cotidianos, aparentemente inadvertidos, se leen como novelas. Creo que a esos que saltan sus lecturas de diálogo en diálogo deben gustarle mucho. Pero son mucho más, son un acercamiento a la pìel misma del dilema moderno de la mujer, no se pueden pasar por alto.

De América, solo recuerdo haber vendido Un Tranvía llamado deseo,  de  Tennessee Williams  y sé que solo lo buscaron los muchachos que cursan estudios universitarios de Teatrología o Historia del arte. Claro que pienso en  Marlon Brando ¿cómo olvidarlo?.  Me gustó mucho su autobiografía Brando por Brando.

También ellos solicitaron a los antiguos: SófoclesEsquilo y Eurípides  fundamentalmente. Menos mal.

En fin, solo clásicos. Nadie se aventura con algún autor desconocido, como ocurre con la novela y la poesía. El teatro latinoamericano parece que no existe… ¿o sí?

De lo cubano, También predomina lo ya establecido y madurado: Requiem por Yarini, de Carlos Felipe, que narra la historia de un chulo del barrio de San Isidro por los años cincuenta; María Antonia, de Eugenio Hernández, que toca elementos de la religión afrocubana y la emblemática Santa Camila de la Habana Vieja de  Brene, con los conflictos de los años 59 y 60, y que ha sido representada en todos los tiempos y tiene varias versiones para la televisión.

Las comedias costumbristas de Héctor Quintero  son las más representadas por nuestros grupos de aficionados: Contigo pan y cebolla y Sábado corto, simpáticas y agudas, siempre bien recibidas. Una de las últimas películas cubanas está basada en una obra de este autor: El Premio flaco, ya la verán por ahí. No faltó tampoco  Virgilio Piñera, Son sus obras muy complejas, verdaderos retos para grupos de teatro profesionales, excelentes joyitas.

Y esta es la parte en que alguien me pregunta: ¿y tú, lees teatro?. Y no me queda más remedio que responder sinceramente: no. Confieso que no es porque no me guste el género, sino porque ¡no me cae nada en las manos!

Por eso dejo en el aire la inquietud: ¿no se lee teatro porque no se escribe? ¿o se escribe y no se publica? ¿no gusta el género? ¿o está hecho solo para verlo y no para leerlo? ¿es un libro técnico?

¡Tanto teatro infantil que leímos y dramatizamos en nuestra infancia!… ¿a dónde fue a parar? ¿sólo al teatro, de vez en cuando?

 

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Desde la cocina:mermelada de guayaba.

Es más dulce que la pera
y como ella perfumada:
pálida y suave por fuera,
por dentro dulcirrosada.

Poesía infantil
del libro Paloma del viento libre.
Adolfo Menéndez Alberdi

Guardo con mucho celo la edición que la Editorial Planeta Mexicana le hizo, en 1990, a la novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate, porque en su portadilla tiene una dedicatoria que mi prima Maggie me escribió a finales del siglo XX. La novela es divertida e ingeniosa, y aunque no logre atrapar a todos los lectores, al menos tuvo garantizados a los que adoramos el arte culinario.

Otra que incursionó en ese género fue la reconocida Isabel Allende, que lanzó su Afrodita, libro lleno de cuentos, poemas y recetas afrodisíacas, entre unas cuantas divagaciones personales, como para decirnos que ella sabía de todo un poco. Y aunque me sigo quedando con La Casa de los espíritus, no está de más releer alguna  receta que nos deleitara con la buena letra de la chilena.

Hay una habanera, médico de profesión, pero tan hija de escritores que terminó “cazando ratones”, llamada  Laidi Fernández de Juan   y escribe unos cuentos para recordar. En uno de ellos, Ciudad inmunda, nos regala como quien no quiere la cosa, un montón de recetas, confirmando una vez más que se puede hacer buena literatura al calor de una cocina.

De todo esto ha pasado un año, y sé que debe estar al sonar el teléfono. Para hoy, te he preparado tocinillo del cielo. Primero hice la masa de harina (bien tamizada con el colador y bien a la medida) y le eché tres gotas de limón. Luego la emborraché con esencia de anís. Al mismo tiempo preparé flan de mantecado en la olla de teflón…Cuando la masa estuvo lista, la separé en dos capas y le introduje el flan dentro. Cuando me llames para que te desee feliz cumpleaños… me iré comiendo tajada a tajada este tocinillo del cielo, igual a como hice hace dos años cuando devoré entero el arroz con leche y canela y como el cumpleaños pasado, en que le tocó el turno al flan de calabazas con vino seco que hice, como siempre, en tu honor.

Traigo el tema a Mi Librería porque en el blog de  fiesta en la cocina  causó un poco de intriga cuando mencioné a la dulce y olorosa guayaba en unas deliciosas empanaditas.

Ya Gabriel García Márquez, había tomado la tropical fruta para el título de un libro singular, El Olor de la guayaba. No lo he leido, así que los dejo opinar. Y  he visto que los mexicanos la usan mucho, pero no creo que nadie como  los cubanos le saquen el máximo a esta fruta   que se destaca fundamentalmente por su olor delicioso y fortísimo, característica que le ha servido para ganarse el epíteto de “chismosa”.

Pues bien, como Mi Librería no quiere quedarse atrás en eso de cocinar letras, se nos ocurrió presentarles esta cubanísima receta… a mi manera. Así, si no pueden hacerla en sus casas, al menos se llevan el sabor de una lectura amena.

MERMELADA DE GUAYABA:

Todas llegan orgullosas con su coronita negra, creyéndose dueñas y señoras del campo. Para que no te seduzcan y caigas en la tentación de la mordida salvaje, lo primero que hay que hacer es darles un buen baño para bajarles los humos y despojarlas de ese atributo falso que se agenciaron sin derecho, pues ya lo tenía la piña de antemano.
Luego se necesitan dos pellizcos de algodón para nuestros oídos: las guayabas emiten un finísimo chillido cuando se les parte a la mitad y si lo escuchas pudiera ser fatal, te pondrías a pensar en cómo se separan para siempre y en la remota posibilidad de volverse a encontrar cuando, en el próximo paso, las revuelvas durante una hora en una gran cazuela con agua a fuego mediano. Parece cruel, pero no hay alternativas.
Cuando han perdido toda su vanidad, las guayabas usan un mecanismo infalible para perdurar: el olor. A estas alturas del proceso, todos tus vecinos en diez kilómetros a la redonda saben lo que estás preparando en este preciso instante. Y vendrán, claro que vendrán, en eso no transigen, incluso cuando destapes el último frasco de conserva el olor seguirá flotando en el barrio dos o tres semanas.
Entra en escena la batidora, que tiene la delicada misión de convertir a las pseudorreinas en pulpa colorada y espesa. Pero es generosa la batidora mía, le apena acabar con las semillas por miedo a abolir la multiplicación de la especie. Entonces me obliga a usar un colador y una cuchara de madera (dicen que son alérgicas al metal) para apartar las semillitas, tan embarradas con los restos de sus progenitoras, que puedo hacer un refresco con ellas, pero ahora no, porque voy a verter la pulpa de nuevo en la cazuela y debo agregarle la misma cantidad de azúcar, medida que recomiendo calcular a ojo de buen cubero, medidor reconocido internacionalmente y que nunca falla.
Y mientras pasa el tiempo, la pulpa se vuelve pura sangre, y se endulza, y se espesa, y se envanece, y vuelve a sonreirnos desde el fondo de la cazuela con hermosas burbujas de fuego, desparramando olor y sabrosura por sus bordes, para decirnos que ya está lista y para dejarnos, después de tanto esfuerzo, una vez más… rendidos a sus pies.

 

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