Archivo mensual: marzo 2010

Cosas de niños

Esta entrada es para Maguna Matata,
quiero oir su risa desde lejos.

Tengo muy gratos recuerdos de los niños en la escuela, montones de anécdotas que a cada rato comento entre amigos para sonreir de las ocurrencias infantiles, tan frescas siempre, tan originales, tan simples.

Les cuento dos que tienen su escenario en la biblioteca escolar en la que trabajé y luego dos más que leí y quedaron gratamente grabadas en mi mente y que también surgen en el marco educativo.

Aprovecho para enlazar un cuento de Isaac Asimov: Cosas de niños, del que tomé el título prestado para el post. A él lo admiro no por sus novelas de ciencia ficción, sino por sus cuentos, que me parecen ingeniosos y siempre traen esa carga de humor que necesito para lanzarme al día con optimismo. No sé por qué, veo a Asimov como un niño grande jugando a hacer literatura.

Estaba experimentando con una nueva estrategia de animación a la lectura, y recuerdo que utilizaba un cuento en que tres hermanos escogían diferentes oficios. Esto me llevaba a jugar con los niños a decir y representar lo que  desearían ser cuando fueran grandes.
Recuerdo que tenía una visita importante, bibliotecarias y metodólogas de otros municipios habían venido a ver el encuentro. Todo marchaba de maravillas, los niños, muy motivados, querían ser, como se esperaba: médicos, maestros, arquitectos, cosmonautas… hasta que “saltó” el que tenía que dar la nota.

- ¿Qué serás tú cuando pase el tiempo?- dije, ingenua.

- Yo seré babalao.

Eso es a lo que yo llamo pura vocación, aunque otros insistan en la tradición familiar… y folklórica.

Me gustaba hacer adaptaciones de cuentos, incluso para los más pequeñitos. Escogía entonces algo sencillo, y esta vez fue Pollito Pito … ¿lo recuerdan?

- ¿Dónde vas Pollito Pito?
   ¿Dónde vas tan tempranito?

-El cielo se va a caer
  y el rey lo debe saber
  vamos de prisa
  a darle la noticia.

Y así, se repite un montón de veces porque aparecen nuevos personajes (cosa muy buena esta de la repetición en los cuentos para chiquiticos, les ejercita la memoria). Pero parece que el personaje de “mi” cuento estaba cansado el día de la puesta en escena. Sí, porque lo hacen con público, después de todo, para llevarse todo el aplauso. Y en medio de la más atenta audiencia, se acerca Gallo Fino y le dice a mi Pollito Pito:

- ¿Dónde vas, Pollito Frito?

Me imagino que “tan tempranito” no era precisamente a un restaurante a donde iba… ¿o era una visión de futuro que tuvo Gallo Fino?

Cuentan que en una guardería, jardín de la infancia o círculo infantil, como le llamamos por aquí, unos chiquitos desempeñaban roles de familia en una casita improvisada y diminuta que habían acondicionado para ellos. Varios padres se acercan sin ser vistos, para disfrutar del juego de sus hijos. Sonríen satisfechos, se enorgullecen de verlos desenvolverse con soltura. Pero a un papá se le ocurre decir, muy orondo:

-¡Ese es el mío!

Justo en ese momento, el pequeñito que había señalado, se dirige al falso refrigerador de cartón, lo abre y muy resuelto se vuelve y le pregunta a sus compañeritos:

- ¿Alguien quiere una cerveza?

Otro día les contaré sobre el papá avestruz.

En la escuela habían orientado a los niños que trajeran por escrito una autorización de los padres para cuidar un conejo, en caso de que su hijo saliera ganador en la rifa del día siguiente.

-Bueno, firmaré de todas formas, mi hijo no va a tener tanta suerte entre casi 40 alumnos, nunca ha ganado una rifa, no va a ser ahora que cargue con el dichoso conejo.

Al día siguiente por la tarde, el niño aparece con cara de fiesta en la casa, cargando por supuesto el animalito de marras.

-¿Pero cómo fue eso? ¿Cómo pudiste ganar el sorteo?

- No hubo sorteo , mamá, yo fui el único niño que llevó firmada la autorización… ¡y me gané el conejo!

Por eso digo que siempre hay que leer bien lo que se firma, que a cualquiera le dan gato por liebre… ¿o es al revés?

 Dejo abierto los comentarios para nuevas anécdotas infantiles que quieran compartir… ¿quién continúa?

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MI LIBRERIA en la Perla del Sur.

Cienfuegos es el nombre de esta ciudad marina que fundaron los franceses en el siglo XIX. Está situada en torno a la ancha bahía que comparte su nombre y eso le brinda una luminosidad singular, lo que unido al casi perfecto trazado de sus calles, hace la estancia muy agradable.

Allí estuve unos días, en plan guisante verde y he regresado con la decisión de volver. Es la tierra de mis padres, la misma que mi abuela canaria  pisó una vez y para siempre.

Unas cuantas fotos  dejan constancia de la arquitectura sorprendente que conserva, de la pulcritud de sus calles, de esa tranquilidad pueblerina que tanto le hace falta a un ajetreado habanero de vez en cuando.

Solo alcancé a desandar sus calles, contemplar el mar, esta vez desde un malecón que mira al sur y visitar el precioso Jardín Botánico, del que hice también una carpeta de fotografías  de aficionada, pero al regreso ya tengo planes concretos: una visita al Nicho, el lugar más hermoso de Cuba, matizado con cascadas que brotan desde las altas montañas del Escambray; un paseo en yate a los cayos cercanos, playa paradisíaca incluída; y una visita a Trinidad, ciudad vecina, eminentemente colonial.

Ya lo saben, en el centro de esta Isla, justo en la costa sur,  la ciudad de  Cienfuegos  amanece cada día para sorprender con su belleza singular, como una  auténtica perla preciosa.

Mi Librería estuvo allí… y ustedes también.

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Tras el humo de un tabaco.

En la pasada Feria del Libro  de La Habana compré Caminos de humo, una antología de cuentos cubanos con aromas de tabaco, donde aparecen veinticuatro relatos cuyos protagonistas, o uno de los personajes, o quizás el leimotiv de todos, es ese habano virtuoso que se distingue por su estimulante presencia, por su despliegue de placer y erotismo, por su cubanísima hidalguía. Si consideramos la proverbial frase: Cuba es la tierra del mejor tabaco del mundo, entonces este librito se vuelve indispensable para lectores empedernidos, fumadores o no,  por puro privilegio natural.

Ya guardaba con celo en mi librero
El Bello habano, escrito por Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura y visitante de Mi Librería, uno de los mejores “conversadores” que conozco.  Es un libro anecdótico, que engarza leyenda y literatura, humor e historia, con la hábil pluma de un maestro. El prólogo  es de un conocido de todos: Vázquez Montalbán. (Si alguien del Club de IB quiere un ejemplar, que levante la mano).

Tabaco y literatura andan juntos desde siempre en el proceso creativo.  Compruébenlo, solo les daré algunos nombres y cuando piensen en ellos, no dejen de colocar entre sus labios un puro y envolver su imagen en la transparencia azulosa de una bocanada: Hemingway, Cortázar, Stevenson, Twain, Whitman, Flaubert, Sartre, Faulkner, Joyce, Lezama, Valery, Mallarmé, Camus… etc, etc, etc.

Mientras preparaba esta entrada,   encontré dos anécdotas simpáticas que no me privaré de cortar y pegar: una de Juan Carlos Onetti, el novelista uruguayo  y otra del filósofo ruso Mijaíl Bajtin.

Onetti siempre contó que había comenzado a escribir por causa del tabaco. A principio de los años 30, recién casado, se trasladó a Buenos Aires, donde estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana, de modo que los fumadores acopiaban los viernes tabaco para tres días. A él se le olvidó comprar y la desesperación se tradujo en un cuento de apenas cuarenta páginas que escribió en una tarde, sentado ante la máquina de escribir para desahogarse. Era la primera versión de El Pozo, que se publicaría nueve años después. Fue lo único en su vida que escribió sin fumar.

Mijaíl Bajtin fue condenado por Stalin a un exilio forzoso en un lugar donde no había estancos, se vio obligado a fumarse un ensayo sobre Goethe, en el que trabajo por diez años. Mecanografiado en papel cebolla, se confió de tener otro manuscrito guardado en la capital rusa,  el mismo que desapareció patéticamente tras un bombardeo. Literalmente, una obra que se esfumó para siempre. 

A veces humorísticamente, en ocasiones con remilgos y quejas, muchas por detractores, el tabaco aparece en la literatura universal. Cigarro, cigarrillo, puro, breva, tabaco, habano…  la elegante hoja enrollada se defiende en los libros como gato bocarriba.  Escogí a los defensores acérrimos para ilustrar mi comentario, a los que no pueden vivir sin él, a los que alguna vez, le dieron la oportunidad de inmortalizarlo en sus obras.

Por tema de mi conferencia de hoy he elegido el que sigue: «Sobre el daño que el tabaco causa a la Humanidad». Yo soy fumador…, pero como mi mujer me manda hablar de lo dañino del tabaco…, ¡qué remedio me queda!… ¡Si hay que hablar del tabaco…, hablaré del tabaco!… A mí me da igual!… Eso sí…, les ruego, señores, que escuchen esta conferencia con la debida seriedad… Aquel a quien una conferencia científica asuste o desagrade…, puede no escucharla y retirarse… (Se estira el chaleco.) Solicito también una atención especial por parte de los señores médicos…, ya que estos pueden sacar gran provecho de mi conferencia…, dado que el tabaco, a pesar de su carácter perjudicial, es empleado también en medicina. Si, por ejemplo, metiéramos una mosca en una tabaquera…, moriría, seguramente, víctima de un desequilibrio de sus nervios…

Sobre el daño que hace el tabaco
Antón Chéjov.

No comprendo eso- dijo Hans Castorp-No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Es privarse, sin duda alguna, de la mejor parte de la existencia y, en todo caso, de un placer muy considerable.Cuando me despierto, ya me alegra el pensar que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo pensamiento. Sí, puedo decir que como para poder luego fumar y creo que no exagero mucho.Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme:”hoy no podré fumar” creo que no tendría el valor para levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un cigarro que tira bien -naturalmente, no ha de haber ningún agujero ni debe tirar mal, esto es una cosa completamente desagradable- , cuando se tiene un buen cigarro, uno se halla al abrigo de todo.

La montaña mágica,
Thomas Mann

Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses… y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: “Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos”, en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. “Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso”. Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

Solo para fumadores
Julio Ramón Ribeyro.

Fumarse un habano, mejor dos, tres, una rueda completa. Encender el próximo con aquel a punto de apagarse. Pasar días y días -esas jornadas en que nada hacemos, en que poco podemos hacer- inhalando el humo de una legión de habanos. Esa podría ser una manera de alcanzar el nirvana, colocarse en resonancia con todo aquello que se espera de un habanero que se aburre y comienza a pensar en fumárselo todo, desde las hojas secas de los árboles hasta su propio cuerpo. Comenzar con los dedos de las manos, las propias, las ajenas, todas hasta alcanzar la transformación en un ser humano en extinción fumándose su propio ser en medio de la Nada. En medio de una ciudad de humo, con personas de humo orgullosas del habano.

Un Cuento de humo.
(Del libro: Caminos de humo)
Ernesto Pérez Chang

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