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Recuerdos de una bibliotecaria escolar

Siempre imaginé que el Paraíso
sería algún tipo de biblioteca.

Jorge Luis Borges.

Fueron pocos años, pero inolvidables. Ya sé que suena cursi, pero si digo otra cosa, me alejo de la verdad.

Llegué a la escuela primaria de mis hijos y pregunté dónde estaba la biblioteca. La gentil directora me enseñó un local completamente vacío: – hay que hacerla–  me dijo con cara de quien intenta y no logra.

Érase una vez un rey.

Teatro: Érase una vez un rey

Suficiente.  Allí me quedé unos cuantos años haciendo el trabajo más hermoso que ha salido de mí. Atendía a todos los niños de la escuela, desde prescolar a sexto grado, en un turno fijo de biblioteca semanal para cada grupo docente. En ese encuentro les hablaba de los aspectos técnicos alrededor del libro: sus partes, las  ilustraciones, cómo hacer una bibliografía, cómo usar el índice, el diccionario y a la vez, leíamos cuentos, los iniciaba en el mundo de los libros. No puedo contar cuánto hice, incluso yo misma me asombro haciendo este repaso mental y sé que no podría hacerlo de nuevo… ¡ay, juventud divino tesoro!

Como resultado de esta experiencia elaboré dos folletos de estrategias de animación para la lectura, que luego se generalizaron por todo el país. Hice festivales del cuento en los que cuidaba que estuvieran representadas la literatura tradicional y la contemporánea, la universal, latinoamericana, la cubana… tuve que hacer las adaptaciones, escribir y hasta pasé un curso de dirección de actuación. ¡Qué locura! ¡Qué emoción llevar las obras ganadoras a centros de trabajo, hospitales, teatros! Mis niños actuaron hasta en la calle y en una ocasión lo hicieron para un grupo de sordos y ciegos. ¡Cuántos recuerdos!

Jornada científica

Otra actividad que promoví con verdadera euforia fueron las jornadas científicas,  para  alumnos y profesores… y qué orgullosa me sentía cada vez que algún trabajo propuesto ganaba en eventos municipales, provinciales o nacionales.

Creé la “Pagina Viajera”, una hojita que mensualmente hacía para promover la lectura y que los niños esperaban con verdadero interés. Inventé juegos didácticos, pinté paredes y senté a los niños por el piso.

De aquellas experiencias escribí y pude participar en tres Congresos de Pedagogía. En cada evento, jornada, festival, en cada idea, en cada locura que se me ocurría, tuve el apoyo incondicional de la dirección del centro. Por eso llegaba a la comunidad y movilizaba a todos a mi alrededor. Mi humilde biblioteca escolar era un lugar activo, vivo, capaz de atraer, aglutinar, motivar y convencer.

Y todo eso se lo debo al LIBRO.

Pensé en contarles esta sencilla historia, tan común en este mundo de hacedores, cuando leí un comentario de Isi, recordando la época en que no había internet, hace miles de millones de años. Y yo me pregunto, ¿cuánto más podía haber hecho? ¿hasta dónde hubieran volado mis alas?

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