Archivo de la etiqueta: Héctor Zumbado

Reinvindicación del choteo

Quizás alguien no conozca cuál es el sentido que esta palabra tuvo en Cuba hace unas décadas atrás. Decía Jorge Mañach en su ensayo Indagación al choteo:

… es la mofa franca, desplegada, nada aguda generalmente, como que no tiene hechura de dardo, sino más bien de polvillo de molida guasa, que se arroja a la cara de la víctima.
El negrito, el gallego, el borracho, la mulata, personajes tipos del criollismo

Yo ni intentaré decirlo mejor. Él escribió esto en 1928, pero aún en el 2009, el cubano sigue con esa gracia nativa que tal vez el clima o las circunstancias o qué sé yo, hayan influido tanto como para incorporarla a su idiosincrasia.Y seguimos hasta hoy con la manía de reirnos de cualquier situación seria, de tirarlo todo a relajo. Si no, miren cómo  estodevivir  llevó a la risa una experiencia de llanto.

Hoy nadie le llama así, nadie recuerda las tan usadas “trompetillas” a los politiqueros de turno. Los jóvenes de hoy prefieren “dar chucho”, “dar cuero” o algunas formas de usar el tan traído y llevado verbo joder,  y aunque no sepan decir qué significa el choteo, siguen burlándose de la radio, la televisión, la prensa, los artistas, los guajiros, los problemas del vecino, de sí mismos y hasta de la madre que los parió…  aunque pequemos de irreverentes, todos soltamos la carcajada.

El cubano es así, no tiene remedio. Y esto le ha servido de mucho, especialmente para amortiguar carencias y necesidades, para defenderse de situaciones adversas o para decir indirectamente lo que no puede criticar sin salir lastimado.

Por los años 70 y 80 el máximo exponente de este género en la literatura fue Héctor Zumbado. Anteriormente había sido Marcos Behmaras, pero a mí me tocó de cerca el primero, a quien veo pasar frente a Mi Librería de vez en cuando y a quien el destino  le jugó una mala pasada con una inmerecida golpiza que le afectó el cerebro. Por suerte su obra quedó para siempre intacta, en varios libros: Riflexiones, Amor a primer añejo, Limonada

Hace unos pocos años leí a Rosa Montero, en su libro La vida desnuda, y me recordó mucho esta forma de satirizar la vida cotidiana muy parecido a lo que por acá se hace. No debe ser la única española, para eso bastaría con visitar a loqueahorro, especialista en el género.

Pero volviendo a la Isla grande,  hoy he reído mucho con Eduardo del Llano, tanto, que no sé qué escoger para este comentario. Entonces me decidí por Cuota, del libro Basura y otros desperdicios.

 La cola se había demorado mucho; cuando Alfil llegó ante el mostrador traía un encabronamiento adicional. El empleado lo miró con indiferencia.
– Dime.
– ¿Qué te voy a decir? Quiero lo que me toca.
– Bueno, coge – dijo el empleado, poniendo sobre la pulida superficie un paquete de regular tamaño – aquí hay dos personajes principales, quince secundarios y treinta ocasionales. Tienes también varias escenas de acción y una erótica.
– ¿Y los signos de puntuación?
– Se acabaron. Pero vuelve la semana que viene a ver si cae el surtido.
– ¿Eso es en serio? no puedo escribir sin los signos de puntuación.
– Trata de meterle una onda moderna, sin comas ni puntos. Y que las escenas sean tranquilas para que no necesites interrogaciones ni admiración.
– Pero, ¿cómo rayos voy a escribir una escena erótica, por ejemplo, sin los signos? ¿Te imaginas a la protagonisdta diciendo fríamente
dame más ay que rico? Ahí tiene que haber pasión, entusiasmo, qué sé yo.
– Trata de lograrlo por contexto. Y todavía no te he dicho lo peor. No hay finales asignados este mes.
– ¿Cómo que no hay finales?
– No hay. Vinieron tres y ya se les otorgaron a casos muy justificados, obras de carácter priorizado. Claro que yo conozco a un tipo que te vende un final, pero cobra caro.
– Estamos mal -gimió Alfil- ¿Hay narraciones paralelas? Yo no cogí las del mes pasado.
– Pues te embarcaste, porque se acabaron ¿Paralelas? Narración lineal y vas con suerte. Monólogos sí, todos los que quieras, especialmente monólogos interiores, que no llevan signos.
– ¿Y versos?
– Tienes que escoger entre un soneto y una décima. Si coges la décima tienes derecho a tres líneas de citas adicionales.
– Dame el soneto – resolvió el escritor- y la dirección del socio que vende el final.
– Tienes suerte – dijo el empleado mientras le envolvía el pedido- te llevas el  último soneto. Estas cosas en la calle están perdidas o carísimas.
Luis Alfil asintió y tomó el paquete. Pesaba poco, pero con aquello debía arreglárselas para terminar la novela que estaba escribiendo. Una novela optimista, llena de fe en el futuro.

 Unos artistas de primera línea, se han reunido y de manera independiente, sin recursos apenas, han realizado algunos cuentos de Eduardo del LLano: Monte Rouge, Photoshop, Brainstorm  y otros. Les dejo uno, pero no se queden sin ver los demás. Les mostrará una cara de la moneda que no siempre se ve.

Anuncios

8 comentarios

Archivado bajo LIBROS PREFERIDOS, LITERATURA CUBANA