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Supersticiones de la humanidad… ¿un tema antiguo?

A pesar de la remotísima antigüedad de las supersticiones, el hombre de hoy sigue creyendo en ellas, aunque la ciencia le abra puertas y le dibuje caminos sólidos a sus interrogantes.

Parece ser que el misterio sobre lo que el porvenir nos tiene reservado seguirá desatando agüeros, presagios y cuantas mañas adivinatorias sean precisas para el vaticinio, si no certero, al menos esperanzador, no importa que sean fruto de la ignorancia, pues en muchas ocasiones he oído al “más leído” decir un “por si acaso” y alejarse sin recato alguno del gato negro que se acerca sigiloso.

En Mi Librería hay un hermoso libro que así se titula: Supersticiones de la humanidad, editado en Barcelona, por Jaime Seix, el año 1881 y su autor es J.Coroliu. Ya les había prometido comentar sobre él en un post anterior  y hoy cumplo regalándoles un pedacito de esta obra monumental ilustrada con cromos y grabados representando escenas de la mitología y de la historia que he utilizado para ilustrar mi entrada.

El libro es un amplio ensayo de esas prácticas ancestrales, un viaje a espacios perdidos de la geografía, pero no de la historia, porque los pueblos son los mismos ayer y hoy, y las ideas supersticiosas se resisten a  desaparecer como las cucarachas.

No conozco bien los límites entre leyenda, religión, mitología y esas artes que tantas variantes muestran: magia negra y blanca, quiromancia, agorería, nigromancia, brujería, astrología, hechicería, espiritismo…Todas se mezclan en una suerte de tradición oral que a pesar de su origen turbio emergen resplandecientes como ave fénix.

Solo dejo una pequeñísima muestra de este libro fascinante de más de mil inmensas páginas y que hoy descansa en Mi Librería. Mañana… mañana no sé hacia donde sople el viento.

Pincha las imágenes para verlas un poco más grandesSe ordena a las recién paridas que tengan una vela encendida por espacio de tres días y tres noches, pues durante este período los genios del mal podrían fácilmente perjudicar al niño y mediante esta precaución no pueden acercarse a él a la distancia de quince codos.

PERSIA

En Caldea y Asiria se usaron mucho los talismanes que llamaron mamit y cuya virtud era alejar los espíritus maléficos de las viviendas de los hombres. Los hacían con retazos de ropa en los cuales  escribían exorcismos, otros eran amuletos a manera de medallones colgados al cuello con imágenes y fórmulas mágicas grabadas en su superficie.
ASIRIA

Después de haber acampado el rey dos días en aquel lugar, mandó que anunciasen su marcha para el día siguiente. Pero al llegar la noche, estando claro y sereno el firmamento fue apagándose la luz de la luna, apareciendo por momentos este astro como manchado y tinto en sangre. Como esto acontecía precisamente la víspera de librarse una gran batalla, todo el ejército se sintió profundamente turbado por un sentimiento que no tardó en converttirse en verdadero espanto.
EGIPTO

Las muchachas casaderas tratan de adivinar cuál tendrá marido antes de terminar el año, formando un círculo en el cual esparce cada una de ellas delante de sí un puñado de granos de avena. Una mujer colocada en el  centro del corro y llevando en brazos un gallo bien tapado, da varias vueltas con los ojos cerrados y luego suelta el volátil. Aquella cuyo montoncito de avena es primeramente picoteado por él, será la primera en casarse.
RUSIA

No bien hubo dicho estas palabras cuando el soberano de los dioses le envió el águila, el más seguro de los agüeros entre todos los que vuelan bajo el cielo, era Morfnos, ave cazadora. Sus alas se abrieron, dice Homero, y pasó volando a la derecha y encima de la ciudad. Tranquilizáronse todos y se regocijaron al verla.
GRECIA

.En Flandes hay una superstición según la cual los nacidos en viernes poseen un don especial para curar la fiebre.

. En Cataluña, el arromo es un árbol maléfico cuya sola presencia en el jardín de una casa puede ser la causa de que enfermen y mueran varios de sus moradores.

. En Irlanda dicen que si se va a contar a un árbol el sueño que se ha tenido, el vegetal se seca y perece. También creen posible transportar a una planta la maldición del hombre.

.En Holanda creen que para no tener nunca dolor de muelas no hay como cortarse las uñas los viernes.

Confieso que me sorprende la vigencia de tales creencias. Basta encontrarse con ellas al abrir cualquier revista  en la última página y tropezar con un infalible horóscopo. Tristemente la creencia fiel a las supersticiones solo trae el embrutecimiento de la gente.  Veamos, entonces, su lado cultural, folklórico, literario y divertido… pero nada más.

Ojalá este tema infinito haya removido neuronas. Mientras espero sus comentarios, cruzaré los dedos, tocaré madera y me aseguraré de salir a la calle con el pie izquierdo… por si acaso.

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Arte para los ojos.

Yo usaba espejuelos. Hace casi veinte años tomé la sabia decisión de operarme  y me puse en manos de unos capacitados doctores que extirparon de mis ojos la indeseable miopía  que amenazaba con avanzar.

Siempre he admirado a los cirujanos, esas personas que aprenden a lidiar con sangre, huesos, ojos… y los manipulan con habilidad, con destreza, casi como jugando, para enderezar, acotejar y componer lo mejor posible lo que la naturaleza o un accidente ha trastocado. Son elegidos, digo yo, porque ante tanto interior expuesto como en bandeja, no todo el mundo permanece de pie.

En esos quijotes del cuerpo he pensado hoy, cuando ha caído en Mi Librería el primer libro de Oftalmología editado en Cuba: Monografía oftalmológica, o descripción de todas las enfermedades que pueden padecer los órganos de la visión. Una joya, sin dudas.

Fue escrito por el Dr. José M. González Morillas, español que ejercía su profesión en La Habana , en la Sala de Santa Lucía del Hospital Militar a mediados del siglo XIX. El libro, editado en dos tomos, fue publicado en 1848 y tiene el valor añadido de ser el primero que vio la luz sobre este tema en castellano. Es el resultado de su experiencia, sus observaciones, deducciones, y todo lo que pudo hacer ante los miles de enfermos que atendió en esos años. Incluye además grabados y dibujos anatómicos, de ojos e instrumentos para mí espeluznantes, para los estudiantes de la época, útiles. La Oftalmología era casi desconocida en Cuba, y los avances europeos quedaban distantes, difíciles de acceder,  de ahí que la obra del Dr. González Morillas constituyó la base de estudios posteriores, resultado de su esfuerzo por trasmitir sus conocimientos.

Por supuesto, no lo he leído completo, solo de ver esos ojos picados al mejor estilo Buñuel  o descubrir el procedimiento para quitar un glaucoma por aquí o un tumor por allá me da escalofríos. Pero la primera parte del libro sí estaba a mi alcance, y me llamó mucho la atención la denominación de ARTE a esta ciencia difícil y misteriosa que es la Oftalmología. Algo capté además de la anatomía y fisiología del ojo, pero cuando entró en las patologías y la terapéutica quirúrgica, tuve que abandonar sin remedio.

Tal vez, para los doctores que me operaron, el libro Monografía oftalmológica esté obsoleto. Pero nadie le quitará su indiscutible valor bibliográfico e histórico, su osadía… y yo lo veo desde este siglo XXI con verdadera alegría, especialmente porque pienso que algo tuvo que ver para que yo un día lanzara desde mi balcón mis horribles espejuelos de miope.

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Autógrafos, dedicatorias…como piezas raras.

Dedico esta edición a mis enemigos,
que tanto me han ayudado en mi carrera.
Camilo José Cela 
La familia de Pascual Duarte

 Sé que muchas personas como Eva y Fenixidio conservarán para siempre esos libros que generosamente sus autores les dedicaron. Esas palabras breves estampadas en la portadilla atraparon minutos de intercambio con el autor, que ya les había regalado su talento con una literatura seguramente inolvidable.

Dedicado por el escritor Manuel Talens, en su libro Hijas de Eva, a Alberto Korda, reconocido fotógrafo cubano, ya fallecido.

Hay dedicatorias muy originales, y no me refiero a las impresas, que esas ya son parte del cuerpo de la obra, sino a las manuscritas,  las de puño y letra, las “para mí”, esas que inician con un nombre y solo uno. Les ilustro con una curiosa: la que el autor Manuel Talens le dedicara a Alberto Korda. Si aún con las referencias no le ven nada de interesante, piensen si no es raro que haya llegado hasta Mi Librería.

Siempre van acompañadas de las firmas. Tal como pintores cotizados, los autógrafos de algunos escritores se han vuelto piezas de coleccionistas y sus precios pueden remontarse a cifras inimaginables, como aquella de James Joyce, en una primera edición de Ulysses, que en una subasta newyorquina se remontó a la elegante cifra de 460 000 euros, en 2002.

Sueño con adquirir una firma de Hemingway, de Whitman, de Neruda, de Cortázar, de Lorca o Pérez Galdós…lástima que no pueda pensar en retenerlas como el tesoro que son, sino en el aporte que darían a la economía familiar.

Si tienes este ejemplar y además autografiado...

Busco, como todo librero, esos nombres famosos demandados en todas las épocas y he llegado a tener dedicatorias de escritores cubanos importantes como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Lezama Lima, Eliseo Diego. Y los he vendido, con dolor de mi alma y alivio para mi bolsillo.

Cierta vez, en un lote por el que confieso no había pagado mucho, encontré en un libro, aparentemente insignificante, la firma de Fidel Castro. El resto de la historia ya la saben.

En otra ocasión tuve casualmente dos ejemplares del mismo libro de Dulce María Loynaz, con la curiosidad añadida que tenían veinte años de diferencia. Sus ochenta y tantos habían transformado ya en tembloroso el trazo, pero sus palabras seguían firmes e ingeniosas, lúcidas como su mente de mujer excepcional. Cuánto siento no haber guardado al menos una foto de testigo.

Eduardo Galeano dedicando uno de sus libros. Si hubiera sido a mi...

Por Mi Librería han pasado cientos de dedicatorias más personales, íntimas, algunas tan sentidas y amorosas que no me imagino cómo el destinatario tuvo el valor de desprenderse de ella. Entonces he pensado que la vida tuvo que torcerle los caminos a esas dos personas y trocó lo que en un momento pudo haber sido afecto o admiración. Quién sabe si el libro me fue vendido después de  un robo, una traición, una muerte.

Es que el autógrafo da al libro un valor añadido, una prueba de singularidad, lo convierte en pieza rara. Los libreros lo persiguen, los coleccionistas lo atesoran, los buenos lectores lo conservan con celo, los malos lo abandonan con indiferencia. Pero la historia de los libros les ha dado su espacio y su valor, como sello distintivo de un instante atrapado en el tiempo con letras irrepetibles.

Firmado por el editor de Le Livre d´Oro de Victor Hugo, París, 1883.

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Vamos a conversar…

 La lectura hace al hombre completo;
la conversación, ágil;
el escribir, preciso.
Francis Bacon.

Leyendo un ensayo de José Lezama Lima, he caído de lleno en un tema escabroso, pero muy interesante: la conversación.

Y la traigo a Mi Librería porque precisamente aquí, en el quehacer diario, el público que busca un libro idóneo para su tiempo libre, se enfrasca siempre en un diálogo, a veces inteligente y enjundioso, a veces torpe y receptivo, y a veces -y estas son las malas noticias- me acribillan con conversaciones tan ajenas como enfermedades de parientes desconocidos, idilios desenfrenados entre Mengano y Fulana,  o conflictos ideológicos interpersonales que nada me importan y que me hacen poner el marcador al libro de turno con cara de pocos amigos. Muchos confunden el arte de conversar con la capacidad de hablar.

Y no es que no me guste conversar, todo lo contrario, que lo diga Balovega, que el mismo día que llegó a La Habana estuvimos en un intercambio verbal hasta el amanecer, sin agotamientos, sin momentos de calma, sino disfrutando ambas como quien saca todo el zumo de una naranja deliciosa, porque sabíamos que el tiempo no nos daría una segunda oportunidad.

Cuenta Lezama Lima, que Oscar Wilde  era un buen conversador, “relataba y su memoria guardaba cada una de sus sentencias para escoger, para rechazar”. Si existe alguna relación entre la oralidad y lo que luego se cuece en el papel, entonces debió haber sido un genial compañero de cafés. También elogia a Goethe, con su “majestuosa y misteriosa bondad para colocar su omnisciencia, su morfología de lo orgánico, a la altura y al alcance de la mano”. Lezama mismo era un hombre que aglutinaba amigos por su palabra culta y envolvente, dicen los que lo conocieron, que no dejaron de visitarlo para disfrutar de su labia hasta el último día que pisó la tierra. 

Una buena conversación es  asunto serio, que debiera apuntalarse hoy para que no decaiga su gracia, ni su espacio. He leído montones de libros en que poetas, pintores, intelectuales en fin, coinciden en un café para disfrutar de una  sabrosa conversación, que salpìcaba sabiduría a los que se acercaban y veo con tristeza que languidece la tradición con el apresuramiento de estos días y la avalancha virtual que nos ocupa sin consideración alguna.

La habilidad de una buena conversación es como un traje, con él nos presentamos tal como somos:  elegantes, elocuentes, más o menos cultos, receptivos, pacientes, o quizás tontos y mentecatos. Debiera ejercitarse más , darle nuevas oportunidades sería provechoso.

Un hombre con imaginación es siempre un buen conversador y domina, casi inconscientemente,  las técnicas implícitas de la charla: saber escuchar, poder de síntesis, evitar críticas de ausentes, tocar el tema que verdaderamente interesa a tu interlocutor. Luego la creatividad hará la diferencia y en eso hay que reconocer que los buenos lectores llevan ventaja.

Aprovecharé para presentarles al CUENTERO MAYOR: Onelio Jorge Cardoso, y ya verán por qué en  Cuba se le llama así a este hombre singular. Tuve el privilegio de conocerlo cuando era estudiante. Aquel día visitó mi escuela y lo escuché hablar. En un receso se acercó a mi grupo y me pasó el brazo por los hombros y caminamos por un largo pasillo. Él hablaba como escribía: jugando con deliciosas imágenes que convertía en palabras ingeniosas, para luego amasarlas en una conversación tal, que dejaba al oyente atontado, boquiabierto e inevitablemente mudo.

¿No me creen? Lean cómo comienza su cuento emblemático, ese que le dio nombre entre nosotros, El Cuentero, y luego díganme si no van a ir corriendo a ver cómo sigue la historia.

 

Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.

Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.

Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel, Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego en cuanto Juan empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo. No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba golpes en las piernas espantándose los bichos, pero seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan, mientras él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con voz distinta de la suya cuando hablaban los otros personajes del cuento. Allí, con vales para la tienda, y el cuerpo doblado con el sol a cuestas durante todo el día, uno llevaba metido dentro el oído para las cosas que pudieron haber sido y no fueron.

Pero, eso sí, a Juan nunca se le pudo contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada de imposición en redondo y uno se quedaba viendo cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía […]

Si te gustó, no dejes de leer otros como El Caballo de coral ,  Francisca y la muerte , La rueda de la fortuna.

Otro día hablaremos del silencio, pero ahora los dejo, que un buen conversador debe saber callar a tiempo.

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Feria Internacional del Libro de La Habana

Habana, mi Habana,
si supieras el dolor
que siento cuando te canto
y no entiendes que es amor…

Canción de Carlos Varela.
(La interpreta también Ana Belén)

  

No quería hacer esta entrada. Lo juro. Fui al encantador recinto ferial en la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, de la cual ya les había hablado el pasado año, con la esperanza de encontrar las novedades de las que tanto he leído en los blogs amigos. Llevaba en la mente las listas de Fenixcidio, que escribe desde Perú,  las propuestas de Bibliobulímica, desde México,  las reseñas de Blog de Libros, en la sureña Argentina, los títulos fabulosos de Lahistoriaenmislibros, en  España… para qué seguir. Sin embargo, estoy convencida que hay más novedades en el librero de Isi, y de sus padres, que lo que allí encontré.

Nada. Nada de nada. Las editoriales extranjeras no vinieron, no me pregunten por qué. Aquí nadie sabe lo que es Alfaguara, ni Seix Barral, ni Anagrama, ni Planeta… las pocas librerías que venden libros en ediciones extranjeras, como Grijalbo Mondadori  y Océano, no hicieron ninguna compra especial para esta feria, sencillamente se dedicaron a limpiar sus almacenes y volvimos a encontrarnos con los mismos libros que quedaron de la feria anterior, otra vez El Zorro, de Isabel Allende llenando estantes, aburridísimo esperando algún despistado que no lo haya comprado antes… y que tenga dólares, porque las ediciones extranjeras no se venden en moneda nacional.

No crean que hago esta reseña por criticar y ya. Lo hago con pleno conocimiento de causa, porque me da tristeza que una feria que comenzó tan espléndida,  que ya cumplió diecinueve años, se quede en la armazón de un intento ilusorio y nos deje a los más fieles con la certeza de un engaño. Lo siento, Patria mía, no ha sido nunca mi fin quitarte el maquillaje públicamente, pero esta vez hablamos de libros y no puedo mentir.

La gente acudió una vez más, y sí encontraron libros cubanos de mucha calidad. Pero esos están en librerías el año entero, y estamos agradecidos por eso, que conste. Queríamos más.

Por suerte, tengo amigos en este mundo virtual que me alimentan el espíritu con sus reseñas y me mantienen informada,  yo seguiré esta dieta otro año, en espera de que la edición vigésima de esta feria, no sea, una vez más, un señuelo para neófitos.

En esas dos bolsitas va mi compra en la feria. La mitad, es para hacer regalos. La otra mitad... ¿creen que cubrirá mis necesidades lectoras hasta el próximo año?

A mi lado, las dos bolsitas de libros que adquirí en la feria, todos cubanos. La mitad es para regalar, la otra mitad... ¿creen que alcanzará para satisfacer mis necesidades lectoras hasta el próximo febrero?...

 Más fotos de la Feria ¿Internacional? del Libro de La Habana.

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Recorrido teatral en Mi Librería

¿Se lee teatro?
Hice un repaso por los libros más vendidos en Mi Librería de este género literario y lo más solicitado recayó, como esperaba, en las obras que forman parte del sistema de enseñanza y en segundo lugar, en obras clásicas cubanas que con frecuencia están en el repertorio de los grupos aficionados.

De las primeras, la más demandada fue Romeo y Julieta, la tragedia de Shakespeare, ya una vez les conté una anécdota humorística con esta obra.  Muchos se asombran de su brevedad, entonces yo aprovecho y descargo toda una conferencia para terminar recomendando  esa alocada fantasía de amor que es Sueño de una noche de verano, de la que recuerdo siempre su grata versión cinematográfica, protagonizada por Michelle Pfeifer y Kevin Kline. Muchos la criticaron, pero yo, que no sé nada de cine, la disfruté bastante.


De España: La Casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, donde aparece mi querida tocaya  Adela, que me pone a conversar sobre su rebeldía,  su afán de ir contra las reglas, ella me gusta, aún con su trágico final. Lorca tiene una historia en Cuba que algún día contaré. Le siguen Fuenteovejuna, de Lope de Vega y La Vida es sueño, de Calderón de la Barca. Por cierto, un día me sorprendí releyendo esta última con un lápiz en la mano y terminé destacando citas muy interesantes y enamorándome del texto. ¿No la has leído aún? Inténtalo, te llevará poco tiempo.

Otra muy pedida fue Casa de muñecas, de Henry Ibsen, que se editó aquí en una antología llamada Teatro realista escandinavo y que incluía obras  tan buenas como La Señorita Julia, del sueco August Strindberg. Estos teatros que tratan el tema de los conflictos cotidianos, aparentemente inadvertidos, se leen como novelas. Creo que a esos que saltan sus lecturas de diálogo en diálogo deben gustarle mucho. Pero son mucho más, son un acercamiento a la pìel misma del dilema moderno de la mujer, no se pueden pasar por alto.

De América, solo recuerdo haber vendido Un Tranvía llamado deseo,  de  Tennessee Williams  y sé que solo lo buscaron los muchachos que cursan estudios universitarios de Teatrología o Historia del arte. Claro que pienso en  Marlon Brando ¿cómo olvidarlo?.  Me gustó mucho su autobiografía Brando por Brando.

También ellos solicitaron a los antiguos: SófoclesEsquilo y Eurípides  fundamentalmente. Menos mal.

En fin, solo clásicos. Nadie se aventura con algún autor desconocido, como ocurre con la novela y la poesía. El teatro latinoamericano parece que no existe… ¿o sí?

De lo cubano, También predomina lo ya establecido y madurado: Requiem por Yarini, de Carlos Felipe, que narra la historia de un chulo del barrio de San Isidro por los años cincuenta; María Antonia, de Eugenio Hernández, que toca elementos de la religión afrocubana y la emblemática Santa Camila de la Habana Vieja de  Brene, con los conflictos de los años 59 y 60, y que ha sido representada en todos los tiempos y tiene varias versiones para la televisión.

Las comedias costumbristas de Héctor Quintero  son las más representadas por nuestros grupos de aficionados: Contigo pan y cebolla y Sábado corto, simpáticas y agudas, siempre bien recibidas. Una de las últimas películas cubanas está basada en una obra de este autor: El Premio flaco, ya la verán por ahí. No faltó tampoco  Virgilio Piñera, Son sus obras muy complejas, verdaderos retos para grupos de teatro profesionales, excelentes joyitas.

Y esta es la parte en que alguien me pregunta: ¿y tú, lees teatro?. Y no me queda más remedio que responder sinceramente: no. Confieso que no es porque no me guste el género, sino porque ¡no me cae nada en las manos!

Por eso dejo en el aire la inquietud: ¿no se lee teatro porque no se escribe? ¿o se escribe y no se publica? ¿no gusta el género? ¿o está hecho solo para verlo y no para leerlo? ¿es un libro técnico?

¡Tanto teatro infantil que leímos y dramatizamos en nuestra infancia!… ¿a dónde fue a parar? ¿sólo al teatro, de vez en cuando?

 

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Desde la cocina:mermelada de guayaba.

Es más dulce que la pera
y como ella perfumada:
pálida y suave por fuera,
por dentro dulcirrosada.

Poesía infantil
del libro Paloma del viento libre.
Adolfo Menéndez Alberdi

Guardo con mucho celo la edición que la Editorial Planeta Mexicana le hizo, en 1990, a la novela de Laura Esquivel, Como agua para chocolate, porque en su portadilla tiene una dedicatoria que mi prima Maggie me escribió a finales del siglo XX. La novela es divertida e ingeniosa, y aunque no logre atrapar a todos los lectores, al menos tuvo garantizados a los que adoramos el arte culinario.

Otra que incursionó en ese género fue la reconocida Isabel Allende, que lanzó su Afrodita, libro lleno de cuentos, poemas y recetas afrodisíacas, entre unas cuantas divagaciones personales, como para decirnos que ella sabía de todo un poco. Y aunque me sigo quedando con La Casa de los espíritus, no está de más releer alguna  receta que nos deleitara con la buena letra de la chilena.

Hay una habanera, médico de profesión, pero tan hija de escritores que terminó “cazando ratones”, llamada  Laidi Fernández de Juan   y escribe unos cuentos para recordar. En uno de ellos, Ciudad inmunda, nos regala como quien no quiere la cosa, un montón de recetas, confirmando una vez más que se puede hacer buena literatura al calor de una cocina.

De todo esto ha pasado un año, y sé que debe estar al sonar el teléfono. Para hoy, te he preparado tocinillo del cielo. Primero hice la masa de harina (bien tamizada con el colador y bien a la medida) y le eché tres gotas de limón. Luego la emborraché con esencia de anís. Al mismo tiempo preparé flan de mantecado en la olla de teflón…Cuando la masa estuvo lista, la separé en dos capas y le introduje el flan dentro. Cuando me llames para que te desee feliz cumpleaños… me iré comiendo tajada a tajada este tocinillo del cielo, igual a como hice hace dos años cuando devoré entero el arroz con leche y canela y como el cumpleaños pasado, en que le tocó el turno al flan de calabazas con vino seco que hice, como siempre, en tu honor.

Traigo el tema a Mi Librería porque en el blog de  fiesta en la cocina  causó un poco de intriga cuando mencioné a la dulce y olorosa guayaba en unas deliciosas empanaditas.

Ya Gabriel García Márquez, había tomado la tropical fruta para el título de un libro singular, El Olor de la guayaba. No lo he leido, así que los dejo opinar. Y  he visto que los mexicanos la usan mucho, pero no creo que nadie como  los cubanos le saquen el máximo a esta fruta   que se destaca fundamentalmente por su olor delicioso y fortísimo, característica que le ha servido para ganarse el epíteto de “chismosa”.

Pues bien, como Mi Librería no quiere quedarse atrás en eso de cocinar letras, se nos ocurrió presentarles esta cubanísima receta… a mi manera. Así, si no pueden hacerla en sus casas, al menos se llevan el sabor de una lectura amena.

MERMELADA DE GUAYABA:

Todas llegan orgullosas con su coronita negra, creyéndose dueñas y señoras del campo. Para que no te seduzcan y caigas en la tentación de la mordida salvaje, lo primero que hay que hacer es darles un buen baño para bajarles los humos y despojarlas de ese atributo falso que se agenciaron sin derecho, pues ya lo tenía la piña de antemano.
Luego se necesitan dos pellizcos de algodón para nuestros oídos: las guayabas emiten un finísimo chillido cuando se les parte a la mitad y si lo escuchas pudiera ser fatal, te pondrías a pensar en cómo se separan para siempre y en la remota posibilidad de volverse a encontrar cuando, en el próximo paso, las revuelvas durante una hora en una gran cazuela con agua a fuego mediano. Parece cruel, pero no hay alternativas.
Cuando han perdido toda su vanidad, las guayabas usan un mecanismo infalible para perdurar: el olor. A estas alturas del proceso, todos tus vecinos en diez kilómetros a la redonda saben lo que estás preparando en este preciso instante. Y vendrán, claro que vendrán, en eso no transigen, incluso cuando destapes el último frasco de conserva el olor seguirá flotando en el barrio dos o tres semanas.
Entra en escena la batidora, que tiene la delicada misión de convertir a las pseudorreinas en pulpa colorada y espesa. Pero es generosa la batidora mía, le apena acabar con las semillas por miedo a abolir la multiplicación de la especie. Entonces me obliga a usar un colador y una cuchara de madera (dicen que son alérgicas al metal) para apartar las semillitas, tan embarradas con los restos de sus progenitoras, que puedo hacer un refresco con ellas, pero ahora no, porque voy a verter la pulpa de nuevo en la cazuela y debo agregarle la misma cantidad de azúcar, medida que recomiendo calcular a ojo de buen cubero, medidor reconocido internacionalmente y que nunca falla.
Y mientras pasa el tiempo, la pulpa se vuelve pura sangre, y se endulza, y se espesa, y se envanece, y vuelve a sonreirnos desde el fondo de la cazuela con hermosas burbujas de fuego, desparramando olor y sabrosura por sus bordes, para decirnos que ya está lista y para dejarnos, después de tanto esfuerzo, una vez más… rendidos a sus pies.

 

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