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BIBs: mucho más que belleza.

Propuesta para futuros envíos de BIBs

Ya sabemos que BIBs es ese club de amigos que una vez decidió llamarse Blogueros de Incontestable Belleza,  para dar esa carga de humor que siempre buscamos en los post, aunque de libros se traten, y que logramos en los comentarios, tan ricos y divertidos. Creo que la idea definitiva del nombre fue de Homolibris, no sé. Hoy me doy cuenta que no es solo una broma: los miembros de BIBs  están cargados de belleza.

En la reunión que tuvieron en marzo, en Madrid,  decidieron hacer un envío de libros al otro lado del océano y fue elegida Mi Librería, privilegiadamente elegida por ellos. Me siento en las nubes y no sé qué escribir. Solo maldigo a los señores del correo de Cuba que tuvieron el atrevimiento de abrir el paquete y sustraer (será mejor decir robar) un exquisito pañuelo y el marcapáginas que identifica a BIBs. Como me dice Loquemeahorro en un correo: está claro que solo las cosas “sin valor” como los libros van a llegar. Llegaron los libros y una cartica manuscrita por un Guisante Verde. Nada mejor. Así que no voy a llorar, ya podré ir a buscarlos yo misma… ¿por qué no?

Por ahora, ¡a leer! , con la alegría de saber que un día, esos amigos míos decidieron ponerme una sonrisa en la cara… ¡y lo consiguieron!

Regalo de los Blogueros de incontestable Belleza

¡¡¡MIL GRACIAS!!!

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Arte para los ojos.

Yo usaba espejuelos. Hace casi veinte años tomé la sabia decisión de operarme  y me puse en manos de unos capacitados doctores que extirparon de mis ojos la indeseable miopía  que amenazaba con avanzar.

Siempre he admirado a los cirujanos, esas personas que aprenden a lidiar con sangre, huesos, ojos… y los manipulan con habilidad, con destreza, casi como jugando, para enderezar, acotejar y componer lo mejor posible lo que la naturaleza o un accidente ha trastocado. Son elegidos, digo yo, porque ante tanto interior expuesto como en bandeja, no todo el mundo permanece de pie.

En esos quijotes del cuerpo he pensado hoy, cuando ha caído en Mi Librería el primer libro de Oftalmología editado en Cuba: Monografía oftalmológica, o descripción de todas las enfermedades que pueden padecer los órganos de la visión. Una joya, sin dudas.

Fue escrito por el Dr. José M. González Morillas, español que ejercía su profesión en La Habana , en la Sala de Santa Lucía del Hospital Militar a mediados del siglo XIX. El libro, editado en dos tomos, fue publicado en 1848 y tiene el valor añadido de ser el primero que vio la luz sobre este tema en castellano. Es el resultado de su experiencia, sus observaciones, deducciones, y todo lo que pudo hacer ante los miles de enfermos que atendió en esos años. Incluye además grabados y dibujos anatómicos, de ojos e instrumentos para mí espeluznantes, para los estudiantes de la época, útiles. La Oftalmología era casi desconocida en Cuba, y los avances europeos quedaban distantes, difíciles de acceder,  de ahí que la obra del Dr. González Morillas constituyó la base de estudios posteriores, resultado de su esfuerzo por trasmitir sus conocimientos.

Por supuesto, no lo he leído completo, solo de ver esos ojos picados al mejor estilo Buñuel  o descubrir el procedimiento para quitar un glaucoma por aquí o un tumor por allá me da escalofríos. Pero la primera parte del libro sí estaba a mi alcance, y me llamó mucho la atención la denominación de ARTE a esta ciencia difícil y misteriosa que es la Oftalmología. Algo capté además de la anatomía y fisiología del ojo, pero cuando entró en las patologías y la terapéutica quirúrgica, tuve que abandonar sin remedio.

Tal vez, para los doctores que me operaron, el libro Monografía oftalmológica esté obsoleto. Pero nadie le quitará su indiscutible valor bibliográfico e histórico, su osadía… y yo lo veo desde este siglo XXI con verdadera alegría, especialmente porque pienso que algo tuvo que ver para que yo un día lanzara desde mi balcón mis horribles espejuelos de miope.

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Enigmas matemáticos en Los Viajes de Gulliver.

Estaba yo rompiéndome la cabeza con un juego de lógica, Machinarium,  cuando me quedé atascada en un problema matemático tan sencillo que me avergüenza decirles cuál, pero tampoco viene al caso. Lo que interesa es que buscando respuestas encontré en Mi Librería un libro de 1975, impreso en la desaparecida URSS, por la editorial Mir, que en aquellos años traía magníficas propuestas.

El libro en cuestión se llama
Problemas y experimentos recreativos, de  Ya. I. Perelman. Todavía andan por ahí algunos títulos  de este autor o de otros, pero que seguían la misma línea científico atractiva: Física recreativa, Química recreativa, Psicología recreativa (de mis preferidos), Álgebra, Geología, Astronomía y algo más.

Cuando empecé a leer  olvidé lo que buscaba y me perdí dos días entre números, pero el capítulo que más disfruté fue el dedicado a los problemas matemáticos en Los Viajes de Gulliver, esa novela fabulosa de Jonathan Swift, que fue escrita inicialmente para adultos (hay un interesante análisis sobre esto por aquíy por circunstancias de la vida se convirtió en un clásico de la literatura infantil, con millones de versiones en todos los idiomas, todos los países y todos los tiempos.

¿Recuerdan los viajes al país de los gigantes y a Liliput, el de los enanos? Pues todo estaba ingeniosamente pensado y medido por el autor. Los liliputienses tenían las dimensiones 12 veces menores que las normales y los gigantes, 12 veces mayores. ¿Por qué el número 12? Porque esa era la relación del pie a la pulgada en el sistema métrico inglés, de donde era oriundo Swift. Esa diferencia, que aparentemente pudiera parecer poca, resultó extraordinaria. Vamos a  descubrir solo dos enigmas del libro. Si se quedan con la intriga, pues qué bien, vayan a la página de Perelman, ahí están todos.

EN LILIPUT

Le será entregada diariamente una ración de comestibles y bebidas suficiente para alimentar 1728 súbditos de Liliput…
Trescientos cocineros me preparaban la comida. Alrededor de mi casa montaron barracas, donde hacían los guisos y vivían los cocineros con sus familias. Cuando llegaba la hora de comer, cogía yo con la mano veinte servidores y los ponía sobre la mesa, y unos cien me servían desde el suelo: unos servían las viandas, los demás traían los barriles de vino y de otras bebidas, valiéndose de pértigas, que llevaban entre dos, sobre los hombros. A medida que iba haciendo falta, los que estaban arriba subían todo a la mesa sirviéndose de cuerdas y poleas.

Dice Perelman: ¨El cálculo es correcto. No hay que olvidar que los liliputienses, aunque pequeños, eran completamente semejantes a personas ordinarias y las partes de su cuerpo tenían las proporciones normales.Por lo tanto, no eran doce veces más bajos, sino también 12 veces más estrechos y 12 veces más delgados que Gulliver. Por esta razón, el volumen de su cuerpo no era 12 veces menor que el cuerpo de Gulliver, sino 12 x 12 x 12, es decir 1728 veces menor. Y, claro está, para mantener la vida de un cuerpo así hace falta una cantidad de alimentos respectivamente mayor. He aquí por lo que los liliputienses calcularon que a Gulliver le hacía falta una ración suficiente para alimentara 1728 liliputienses.
Ahora se comprende por qué se necesitaban tantos cocineros. Para preparar 1728 comidas se precisan, por lo menos 300 cocineros, considerando que un cocinero liliputiense puede guisar media docena de comidas liliputienses. Está claro que también se necesitaba una gran cantidad de gente para elevar esa carga hasta la mesa de Gulliver, cuya altura, como es fácil de calcular, era comparable con la de una casa de tres pisos liliputienses.¨

EN EL PAIS DE LOS GIGANTES:

Me dieron permiso para coger de la biblioteca libros que leer, pero para que yo pudiera leerlos hubo que hacer todo un dispositivo. Un carpintero me hizo una escalera de madera que podía trasladarse de un sitio a otro…tenía 25 pies de altura y la longitud de cada peldaño alcanzaba 50 pies. Cuando quería leer, colocaban mi escalera a unos diez pies de la pared, con los peldaños vueltos hacia ésta, y en el suelo ponían el libro abierto, apoyándolo en la pared. Yo me subía al escalón más alto y empezaba a leer el renglón superior, recorriendo de izquierda a derecha y viceversa 8 ó 10 pasos, según fuera la longitud de los renglones. A medida que avanzaba la lectura y que los renglones se iban  encontrando más abajo del nivel de mis ojos, descendía yo al segundo peldaño, después al tercero y así sucesivamente.
Cuando terminaba de leer una página, volvía a encaramarme en lo más alto y comenzaba la página nueva del mismo modo que antes. Las hojas las pasaba con las dos manos, lo que no era difícil, porque el papel en que imprimieron sus libros no es más grueso que nuestro cartón, y su mayor infolio no tiene más de 18-20 pies de largo.

¿Guarda proporción todo esto? Veamos la respuesta exacta que aparece en el libro de Perelman:

 ¨Si se parte de las dimensiones de un libro moderno de formato ordinario (de 25 cm de largo y 12 de ancho), lo que dice Gulliver nos parece algo exagerado. Para leer un libro de menos de 3 m. de altura y 1 y medio de ancho no hace falta una escalera ni es necesario andar hacia la derecha y hacia la izquierda 8 ó 10 pasos, pero en los tiempos de Swift, es decir, a principios del siglo XVIII, el formato ordinario de los libros (infolio) era mucho mayor que el de ahora. El infolio, por ejemplo de Aritmética de Magnitski, que salió a la luz en la época de Pedro I, tenía 30 centímetros de alto y 20 cm.de ancho. Aumentando estas dimensiones 12 veces obtenemos unas medidas imponentes para los libros de los gigantes, a saber: 360 cm (casi 4 m) de alto, y 240 cm (2,4 m) de ancho. Leer un libro de 4 m sin escalera es imposible. Pero incluso este modesto infolio debía pesar en el país de los gigantes 1728 veces más que en el nuestro, es decir, cerca de 3 t. Calculando que tuviera 500 hojas, obtenemos que cada hoja de un libro de los gigantes pesaría unos 6 kg, lo que, para los dedos de la mano, resulta bastante oneroso¨.

Yo quería seguir, el tema me resultaba atractivo y creo que hasta para los que no somos muy “matemáticos”…pero miré hacia arriba y vi que el post se hacía tan largo como los infolios del país de los gigantes. Así que pongo el punto final, después de haber empezado en un juego entretenido y luego perderme en los mares del mundo con Gulliver… ¡ese infinito andar por los libros!

Les dejo un enlace por si quieren saber la posibilidad real de que esta isla pueda existir. Más ciencia… para variar: Alquimia y ciencias

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“Loslibrosdeteresa” en Mi Librería.

   El amor junta los cetros con los cayados;
la grandeza con la bajeza;
hace posible lo imposible;
iguala diferentes estados
y viene a ser poderoso
como la muerte.

Cita de El Quijote.

No, no, Teresa está tranquila sentada en su preciosa  Ciudad Real,  pero su hermana Ana, tan parecida físicamente a ella, ha decidido dar una vueltecita por la Isla de Cuba, y ha tenido la gentileza de “desembarcar” unos minutos en Mi Librería, y para colmo de bienes llegó con las manos llenas… ¡de libros!

Muñoz Molina   ya lo conocía por sus novelas, que esporádicamente aparecen  por acá, pero sólo he leído Plenilunio, una obra que quizás no tenga tanto éxito como El Jinete polaco, pero que a mí me encantó por la manera profunda en que involucra el pensamiento de los personajes en el desarrollo de la acción y por la estructura de la obra, con reiterados flashback,  pero no solamente de pasajes ocurridos sino de conflictos emocionales. Me gustó, sin más. Así que me alegró mucho esta nueva propuesta de Teresa.

A  Paul Auster  estaba cansada de verlo en blogs amigos, todos hablan de él, y yo en la luna de Valencia, de la que ahora descenderé lentamente. Estoy muy entusiasmada con este libro: Brookling Follies. 

Almudena Grandes  también la conocía, pero no había leído nada de nada. Cierta vez tuve en mis manos Malena es un nombre de tango  pero de ahí no pasó.  Ahora, empaquetado como regalo muy preciado, como un delicado presente,  Teresa me obsequia El Corazón helado. Ya voy por la página trescientos y tanto, pero tiene más de mil, de manera que demoraré unos días más para saber el final. Lo que sí ya sé es por qué ella le dió un carácter especial, envolviéndolo aparte, insinuando un tesoro… ¡y es que lo es! Estoy tan atrapada en sus páginas que tuve que obligarme a hacer un alto para escribir esta reseña. No sé por qué me ha parecido que esta mujer tiene a sus espaldas la tradicional narrativa de Pérez Galdós, abarcadora y genial,  con un lenguaje singular, innovador y sorprendente. Lleva la trama con maestría…  y no digo más, ya tendré que hacer un post aparte para ella cuando termine.

Gracias Teresa, una vez más. Gracias, Ana. Les dejo una fotografía en Mi Librería. Aquí juntos: Leo, AD, Ana y su esposo.  Un nuevo encuentro de amigos, resultado feliz de este año de intercambios que nos ha unido en ese maravilloso Club de blogueros de incontestable belleza… ¿qué me dicen?

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Autógrafos, dedicatorias…como piezas raras.

Dedico esta edición a mis enemigos,
que tanto me han ayudado en mi carrera.
Camilo José Cela 
La familia de Pascual Duarte

 Sé que muchas personas como Eva y Fenixidio conservarán para siempre esos libros que generosamente sus autores les dedicaron. Esas palabras breves estampadas en la portadilla atraparon minutos de intercambio con el autor, que ya les había regalado su talento con una literatura seguramente inolvidable.

Dedicado por el escritor Manuel Talens, en su libro Hijas de Eva, a Alberto Korda, reconocido fotógrafo cubano, ya fallecido.

Hay dedicatorias muy originales, y no me refiero a las impresas, que esas ya son parte del cuerpo de la obra, sino a las manuscritas,  las de puño y letra, las “para mí”, esas que inician con un nombre y solo uno. Les ilustro con una curiosa: la que el autor Manuel Talens le dedicara a Alberto Korda. Si aún con las referencias no le ven nada de interesante, piensen si no es raro que haya llegado hasta Mi Librería.

Siempre van acompañadas de las firmas. Tal como pintores cotizados, los autógrafos de algunos escritores se han vuelto piezas de coleccionistas y sus precios pueden remontarse a cifras inimaginables, como aquella de James Joyce, en una primera edición de Ulysses, que en una subasta newyorquina se remontó a la elegante cifra de 460 000 euros, en 2002.

Sueño con adquirir una firma de Hemingway, de Whitman, de Neruda, de Cortázar, de Lorca o Pérez Galdós…lástima que no pueda pensar en retenerlas como el tesoro que son, sino en el aporte que darían a la economía familiar.

Si tienes este ejemplar y además autografiado...

Busco, como todo librero, esos nombres famosos demandados en todas las épocas y he llegado a tener dedicatorias de escritores cubanos importantes como Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Lezama Lima, Eliseo Diego. Y los he vendido, con dolor de mi alma y alivio para mi bolsillo.

Cierta vez, en un lote por el que confieso no había pagado mucho, encontré en un libro, aparentemente insignificante, la firma de Fidel Castro. El resto de la historia ya la saben.

En otra ocasión tuve casualmente dos ejemplares del mismo libro de Dulce María Loynaz, con la curiosidad añadida que tenían veinte años de diferencia. Sus ochenta y tantos habían transformado ya en tembloroso el trazo, pero sus palabras seguían firmes e ingeniosas, lúcidas como su mente de mujer excepcional. Cuánto siento no haber guardado al menos una foto de testigo.

Eduardo Galeano dedicando uno de sus libros. Si hubiera sido a mi...

Por Mi Librería han pasado cientos de dedicatorias más personales, íntimas, algunas tan sentidas y amorosas que no me imagino cómo el destinatario tuvo el valor de desprenderse de ella. Entonces he pensado que la vida tuvo que torcerle los caminos a esas dos personas y trocó lo que en un momento pudo haber sido afecto o admiración. Quién sabe si el libro me fue vendido después de  un robo, una traición, una muerte.

Es que el autógrafo da al libro un valor añadido, una prueba de singularidad, lo convierte en pieza rara. Los libreros lo persiguen, los coleccionistas lo atesoran, los buenos lectores lo conservan con celo, los malos lo abandonan con indiferencia. Pero la historia de los libros les ha dado su espacio y su valor, como sello distintivo de un instante atrapado en el tiempo con letras irrepetibles.

Firmado por el editor de Le Livre d´Oro de Victor Hugo, París, 1883.

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Tras el humo de un tabaco.

En la pasada Feria del Libro  de La Habana compré Caminos de humo, una antología de cuentos cubanos con aromas de tabaco, donde aparecen veinticuatro relatos cuyos protagonistas, o uno de los personajes, o quizás el leimotiv de todos, es ese habano virtuoso que se distingue por su estimulante presencia, por su despliegue de placer y erotismo, por su cubanísima hidalguía. Si consideramos la proverbial frase: Cuba es la tierra del mejor tabaco del mundo, entonces este librito se vuelve indispensable para lectores empedernidos, fumadores o no,  por puro privilegio natural.

Ya guardaba con celo en mi librero
El Bello habano, escrito por Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura y visitante de Mi Librería, uno de los mejores “conversadores” que conozco.  Es un libro anecdótico, que engarza leyenda y literatura, humor e historia, con la hábil pluma de un maestro. El prólogo  es de un conocido de todos: Vázquez Montalbán. (Si alguien del Club de IB quiere un ejemplar, que levante la mano).

Tabaco y literatura andan juntos desde siempre en el proceso creativo.  Compruébenlo, solo les daré algunos nombres y cuando piensen en ellos, no dejen de colocar entre sus labios un puro y envolver su imagen en la transparencia azulosa de una bocanada: Hemingway, Cortázar, Stevenson, Twain, Whitman, Flaubert, Sartre, Faulkner, Joyce, Lezama, Valery, Mallarmé, Camus… etc, etc, etc.

Mientras preparaba esta entrada,   encontré dos anécdotas simpáticas que no me privaré de cortar y pegar: una de Juan Carlos Onetti, el novelista uruguayo  y otra del filósofo ruso Mijaíl Bajtin.

Onetti siempre contó que había comenzado a escribir por causa del tabaco. A principio de los años 30, recién casado, se trasladó a Buenos Aires, donde estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana, de modo que los fumadores acopiaban los viernes tabaco para tres días. A él se le olvidó comprar y la desesperación se tradujo en un cuento de apenas cuarenta páginas que escribió en una tarde, sentado ante la máquina de escribir para desahogarse. Era la primera versión de El Pozo, que se publicaría nueve años después. Fue lo único en su vida que escribió sin fumar.

Mijaíl Bajtin fue condenado por Stalin a un exilio forzoso en un lugar donde no había estancos, se vio obligado a fumarse un ensayo sobre Goethe, en el que trabajo por diez años. Mecanografiado en papel cebolla, se confió de tener otro manuscrito guardado en la capital rusa,  el mismo que desapareció patéticamente tras un bombardeo. Literalmente, una obra que se esfumó para siempre. 

A veces humorísticamente, en ocasiones con remilgos y quejas, muchas por detractores, el tabaco aparece en la literatura universal. Cigarro, cigarrillo, puro, breva, tabaco, habano…  la elegante hoja enrollada se defiende en los libros como gato bocarriba.  Escogí a los defensores acérrimos para ilustrar mi comentario, a los que no pueden vivir sin él, a los que alguna vez, le dieron la oportunidad de inmortalizarlo en sus obras.

Por tema de mi conferencia de hoy he elegido el que sigue: «Sobre el daño que el tabaco causa a la Humanidad». Yo soy fumador…, pero como mi mujer me manda hablar de lo dañino del tabaco…, ¡qué remedio me queda!… ¡Si hay que hablar del tabaco…, hablaré del tabaco!… A mí me da igual!… Eso sí…, les ruego, señores, que escuchen esta conferencia con la debida seriedad… Aquel a quien una conferencia científica asuste o desagrade…, puede no escucharla y retirarse… (Se estira el chaleco.) Solicito también una atención especial por parte de los señores médicos…, ya que estos pueden sacar gran provecho de mi conferencia…, dado que el tabaco, a pesar de su carácter perjudicial, es empleado también en medicina. Si, por ejemplo, metiéramos una mosca en una tabaquera…, moriría, seguramente, víctima de un desequilibrio de sus nervios…

Sobre el daño que hace el tabaco
Antón Chéjov.

No comprendo eso- dijo Hans Castorp-No comprendo que se pueda vivir sin fumar. Es privarse, sin duda alguna, de la mejor parte de la existencia y, en todo caso, de un placer muy considerable.Cuando me despierto, ya me alegra el pensar que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo pensamiento. Sí, puedo decir que como para poder luego fumar y creo que no exagero mucho.Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme:”hoy no podré fumar” creo que no tendría el valor para levantarme. Te juro que me quedaría en la cama. Mira, cuando se tiene un cigarro que tira bien -naturalmente, no ha de haber ningún agujero ni debe tirar mal, esto es una cosa completamente desagradable- , cuando se tiene un buen cigarro, uno se halla al abrigo de todo.

La montaña mágica,
Thomas Mann

Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses… y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: “Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos”, en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. “Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso”. Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

Solo para fumadores
Julio Ramón Ribeyro.

Fumarse un habano, mejor dos, tres, una rueda completa. Encender el próximo con aquel a punto de apagarse. Pasar días y días -esas jornadas en que nada hacemos, en que poco podemos hacer- inhalando el humo de una legión de habanos. Esa podría ser una manera de alcanzar el nirvana, colocarse en resonancia con todo aquello que se espera de un habanero que se aburre y comienza a pensar en fumárselo todo, desde las hojas secas de los árboles hasta su propio cuerpo. Comenzar con los dedos de las manos, las propias, las ajenas, todas hasta alcanzar la transformación en un ser humano en extinción fumándose su propio ser en medio de la Nada. En medio de una ciudad de humo, con personas de humo orgullosas del habano.

Un Cuento de humo.
(Del libro: Caminos de humo)
Ernesto Pérez Chang

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Vamos a conversar…

 La lectura hace al hombre completo;
la conversación, ágil;
el escribir, preciso.
Francis Bacon.

Leyendo un ensayo de José Lezama Lima, he caído de lleno en un tema escabroso, pero muy interesante: la conversación.

Y la traigo a Mi Librería porque precisamente aquí, en el quehacer diario, el público que busca un libro idóneo para su tiempo libre, se enfrasca siempre en un diálogo, a veces inteligente y enjundioso, a veces torpe y receptivo, y a veces -y estas son las malas noticias- me acribillan con conversaciones tan ajenas como enfermedades de parientes desconocidos, idilios desenfrenados entre Mengano y Fulana,  o conflictos ideológicos interpersonales que nada me importan y que me hacen poner el marcador al libro de turno con cara de pocos amigos. Muchos confunden el arte de conversar con la capacidad de hablar.

Y no es que no me guste conversar, todo lo contrario, que lo diga Balovega, que el mismo día que llegó a La Habana estuvimos en un intercambio verbal hasta el amanecer, sin agotamientos, sin momentos de calma, sino disfrutando ambas como quien saca todo el zumo de una naranja deliciosa, porque sabíamos que el tiempo no nos daría una segunda oportunidad.

Cuenta Lezama Lima, que Oscar Wilde  era un buen conversador, “relataba y su memoria guardaba cada una de sus sentencias para escoger, para rechazar”. Si existe alguna relación entre la oralidad y lo que luego se cuece en el papel, entonces debió haber sido un genial compañero de cafés. También elogia a Goethe, con su “majestuosa y misteriosa bondad para colocar su omnisciencia, su morfología de lo orgánico, a la altura y al alcance de la mano”. Lezama mismo era un hombre que aglutinaba amigos por su palabra culta y envolvente, dicen los que lo conocieron, que no dejaron de visitarlo para disfrutar de su labia hasta el último día que pisó la tierra. 

Una buena conversación es  asunto serio, que debiera apuntalarse hoy para que no decaiga su gracia, ni su espacio. He leído montones de libros en que poetas, pintores, intelectuales en fin, coinciden en un café para disfrutar de una  sabrosa conversación, que salpìcaba sabiduría a los que se acercaban y veo con tristeza que languidece la tradición con el apresuramiento de estos días y la avalancha virtual que nos ocupa sin consideración alguna.

La habilidad de una buena conversación es como un traje, con él nos presentamos tal como somos:  elegantes, elocuentes, más o menos cultos, receptivos, pacientes, o quizás tontos y mentecatos. Debiera ejercitarse más , darle nuevas oportunidades sería provechoso.

Un hombre con imaginación es siempre un buen conversador y domina, casi inconscientemente,  las técnicas implícitas de la charla: saber escuchar, poder de síntesis, evitar críticas de ausentes, tocar el tema que verdaderamente interesa a tu interlocutor. Luego la creatividad hará la diferencia y en eso hay que reconocer que los buenos lectores llevan ventaja.

Aprovecharé para presentarles al CUENTERO MAYOR: Onelio Jorge Cardoso, y ya verán por qué en  Cuba se le llama así a este hombre singular. Tuve el privilegio de conocerlo cuando era estudiante. Aquel día visitó mi escuela y lo escuché hablar. En un receso se acercó a mi grupo y me pasó el brazo por los hombros y caminamos por un largo pasillo. Él hablaba como escribía: jugando con deliciosas imágenes que convertía en palabras ingeniosas, para luego amasarlas en una conversación tal, que dejaba al oyente atontado, boquiabierto e inevitablemente mudo.

¿No me creen? Lean cómo comienza su cuento emblemático, ese que le dio nombre entre nosotros, El Cuentero, y luego díganme si no van a ir corriendo a ver cómo sigue la historia.

 

Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.

Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.

Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel, Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego en cuanto Juan empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo. No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba golpes en las piernas espantándose los bichos, pero seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan, mientras él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con voz distinta de la suya cuando hablaban los otros personajes del cuento. Allí, con vales para la tienda, y el cuerpo doblado con el sol a cuestas durante todo el día, uno llevaba metido dentro el oído para las cosas que pudieron haber sido y no fueron.

Pero, eso sí, a Juan nunca se le pudo contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada de imposición en redondo y uno se quedaba viendo cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía […]

Si te gustó, no dejes de leer otros como El Caballo de coral ,  Francisca y la muerte , La rueda de la fortuna.

Otro día hablaremos del silencio, pero ahora los dejo, que un buen conversador debe saber callar a tiempo.

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